viernes, 23 de septiembre de 2016

Nagara, número 2

Mi amigo, el talentoso Israel Ramírez, doctor en letras, experto en Jorge Cuesta y miembro fundador del Seminario de Investigación de Poesía Mexicana, quien actualmente se desempeña como profesor e investigador del Colegio de San Luis, me pregunta vía twitter si tengo copia del ensayo de Jorge Fernández Granados sobre poesía que publiqué en Nagara, el suplemento literario de la revista Viceversa, en diciembre de 1997. 
En cuanto puedo, le contesto que sí, que me dé un par de días para prepararlo y enviárselo. Por fortuna, tengo un ejemplar extra de aquel número de Viceversa, así que unos días más tarde me doy el incomparable gusto de mandárselo por mensajería especializada. Antes de hacerlo, porque me parece que el asunto es de interés general, hago una foto a cada una de las páginas de aquel estupendo trabajo de Fernández Granados, uno de los primeros acercamientos a la poesía mexicana de los años noventas, que con el tiempo se ha convertido en un importante referente para los estudios de literatura contemporánea del país, con la idea de compartir las imágenes con quienes se asoman a Siglo en la brisa. Sólo espero que los lectores, que a partir de ahora tienen el documento consultable en línea, perdonen lo doméstico del método de reproducción.  



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El número de Scherer, en línea, http://bit.ly/1TUsPvD
A veinte años de su fundación, http://bit.ly/1q7lIik
Mis diez portadas preferidas, http://bit.ly/VXMFDt
De Orwell a Trotski a Viceversahttp://bit.ly/SQ5p6V
Viceversa en la historia del diseño gráfico en México: primera parte, http://bitly.com/S5fFHU; segunda parte, http://bit.ly/XDodtG; tercera parte, http://bitly.com/Ze9KW8.


viernes, 16 de septiembre de 2016

El Chile

Aparecía por el colegio todos los años hacia el mes de marzo, cuando el curso estaba tan avanzado que nadie podía ser dejado fuera de la Memoria impresa, y montaba su pequeño estudio fotográfico en un rincón del auditorio escolar. No era precisamente lo que se dice un hombre agradable: la frente empapada de sudor, sobre la que caía un mechón rebelde y graso; los ojos saltones y quizás un tanto alcohólicos; las carnes flojas y pálidas, asomadas desvergonzadamente por la camisa desabotonada hasta el abdomen… Por si fuera poco, su persona desprendía un insufrible tufillo ácido.
¿Cuántas veces me senté delante de su cámara? ¿Unas doce? No es imposible porque El Chile era ya el fotógrafo de los alumnos de las escuelas maristas en 1970, cuando entré a primero de primaria en el Colegio México de la colonia Roma, según leo en los créditos de la Memoria de ese curso, que dice, en la última página: “Fotografías individuales: Estudio Elpidio, Madero 8”.  
También puedo aventurar que formé parte de la última generación a la que él (o gente de su estudio) retrató, porque en la contraportada del anuario del curso 1981-1982, que fue el último de la preparatoria para mí, su crédito, “Foto Alumnado: Elpidio Hernández”, aparece seguido de las iniciales “DEP”.
Como sea, jamás escuché que nadie se refiriera a él con ninguna de las posibilidades que ofrecía su nombre: como Elpidio, quiero decir, o don Elpidio, o Señor Hernández. Nunca oí que nadie hablara de él si no era utilizando el escueto apelativo de El Chile. Y es que entre las cosas que todos los años desplegaba para armar su pequeño estudio portátil (un par de lámparas de considerable potencia, un banquito y un espejo, un peine y un recipiente con agua), el fotógrafo de los estudiantes de las escuelas maristas se acompañaba nada menos que de un chile de plástico, hueco, de unos veinte centímetros, que utilizaba con los más diversos propósitos, especialmente para distender la situación, relajar el gesto de los retratados y poner un cierto toque de humor al momento solemne de la toma fotográfica. Lo golpeaba contra una mesa o una silla, o contra su propia mano, o lo agitaba en el aire, para hacer reír o amenazar siempre con buen ánimo, aunque su aspecto polémico, revestido de la seriedad de aquellos cómicos que nunca se ríen, tiñera la circunstancia de un tono ciertamente inquietante.
Por supuesto, como ya se habrá imaginado el lector, aquel objeto le daba al Chile interminables ocasiones para lucir su infinito talento para todos los géneros de albures, práctica en la cual era un consumado maestro. Acaso había sustituido con ese juguete algún objeto más cándido de sus tiempos de retratista de niños, antes de ser contratado como fotógrafo oficial del Colegio y el Instituto México, qué sé yo, quizás un oso de peluche o un avión de plástico, y hubiera tenido que armarse de aquella manera para introducirse en la selva de los cientos de niños y adolescentes entre los que los cábulas, arropados por el anonimato de la tropa, se afilaban los colmillos para destazar a quien osara ponerse delante.
La crueldad del alumnado se probó siempre en su capacidad para poner apodos, y de mis tiempos recuerdo algunos: el lunático profesor de taller de electricidad y artes plásticas que usaba zuecos y gorra, y se dejaba largos los bigotes ralos, y sucias las uñas largas, que había sido bautizado con el apelativo, por cierto no carente de misterio, de El Abedul; la maestra que daba, si no me equivoco, matemáticas, tan delgada y antipática que era universalmente conocida como la Huesenia; el marista en cuyo vestuario imperaba el verde, lo que lo hacía lucir inacabables tonos de ese color en sacos, corbatas y pantalones, y que era llamado, con perfecta naturalidad, El Aguacate.
Al final, la osadía de presentarse con un objeto tan repleto de aristas le terminó ganando al Chile uno de los apodos más justamente propinados. Como sea, los directivos de la congregación, que debían de estar al tanto, lo toleraron porque era un buen fotógrafo, puntual y cumplido… Y sobre todo quizás, me parece a mí, porque era una persona inofensiva.
Lo que no quiere decir que no me hubiera obligado yo mismo a comportarme ejemplarmente delante de su cámara, y la prueba es que nunca fue necesario que El Chile agitara aquel triste objeto delante de mis ojos. 
Pero muchas veces lo vi hacerlo, formado yo en la fila de quienes esperaban para colocarse delante de las lámparas, siguiendo siempre el orden alfabético de la lista del salón del clases. Blandía o tremolaba en el aire el chile de juguete para imponerse a los alumnos, para amenazarlos si no fijaban la mirada en el objetivo, torcían el rostro hacia el lado equivocado o bajaban excesivamente los ojos. 
Con pies ligeros, a pesar de su preocupante palidez, y de su claudicante flojedad física, y de aquel olorcillo nauseabundo, se acercaba al alumno en turno y mascullaba alguna cosa sobre el fleco (El Chile odiaba los flecos), reacomodaba las puntas de las solapas del saco y corregía algún brillo en la nariz o la frente.
Después, practicaba un ligerísimo contacto con las puntas de los dedos de las dos manos contra los costados de la cabeza del retratado, a la altura de las orejas, eso sí con delicadeza exquisita, para retocar la posición de la cara, acaso más como una manía que como una legítima necesidad de corrección de postura. 
Al final, aparentemente satisfecho, dando la espalda a la cámara para no perder de vista el rostro de quien quedaba paralizado unos segundos posando de aquella manera, se alejaba para accionar el disparador, siempre él mismo.
A nadie debe de sorprender que tenga todos los retratos que me hicieron en los doce años de mi vida como estudiante de escuelas maristas, no sólo porque en mi biblioteca está la serie casi completa de los Anuarios entre los años de 1970 y 1982 sino también porque la escuela entregaba a los alumnos un pequeño sobre con unas cuantas impresiones para uso doméstico. 
El propósito de este post es mostrar una selección de algunas de las mías. Pero sobre todo, esta entrega de Siglo en la brisa pretende servir de modestísimo homenaje al recuerdo de aquel fotógrafo que retrató, con paciencia y profesionalismo, y un toque de discutible folclor, a unas cuantas generaciones perecederas y multitudinarias.

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Más sobre mi paso por las escuelas maristas en este blog:
Colegas humanistas, http://bit.ly/1XAI4YH
Caricaturista (1979-1980), http://bit.ly/1SZf0c3
La Revolución y el fracaso educativo en México, http://bit.ly/hbMJUo
Borges y el prestigio del sistema decimal, http://bit.ly/1fdQ6RC

Otros chiles en este blog:
El chile de Tobeyo, primera parte, http://bit.ly/2cqwUrw
El chile de Tobeyo, segunda parte, http://bit.ly/2cj5np2