domingo, 22 de diciembre de 2013

Florentino, a cuadro


¿Cuántas veces lo retraté? Imposible determinarlo. Todas las que pude. Lo digo porque a partir de cierto momento algo le pareció mal y me prohibió terminantemente que le tomara fotos. Entonces me vi obligado a hacerlo sin que se diera cuenta, digamos que a sus espaldas. 
O no exactamente: de frente, porque lo que me interesaba era dejar testimonio de su rostro expresivo, de su peculiar manera de reaccionar a cuanto se atreviera a mostrarse delante de él: con los ojos velados pero atentos, con todos los músculos de la cara. Acaso desde siempre pero sobre todo a partir de que envejeció, el hermano de mi abuela fue un hombre singularísimo y voluntarioso, incapaz de responder con indiferencia a casi nada. Dulce unas veces, espinoso otras, mi anciano tío abuelo era célebre por sus reacciones imprevisibles. Y conmigo, que nunca le respondí nada desagradable, que jamás le reproché sus respuestas a veces ásperas, se servía con la cuchara grande, como decimos en México.
Quien estuvo cerca de nosotros en ese tiempo sabe que no exagero si digo que yo era el pasto preferido de sus invectivas de fuego, el blanco predilecto de sus dardos más afilados: sobrino nieto camino a los cuarenta años, de paso por Asturias, sin trabajo justificado o reconocible, sin mujer ni hijos, que invariablemente llevaba una barba de tres días y se atrevía a ponerse unos pantalones anchos y desvaídos, como de ropa de noche. “Que escribes, sí. Eso ya lo sé”, me dijo una vez, pero sólo para rematar, a buena voz para que lo oyeran todos: “Ya sé yo que escribes, pero ¿en qué trabajas?”.
Yo me vengaba a mi manera: tomaba nota de sus gestos, apuntaba hasta la última palabra de nuestras conversaciones, grababa los recuerdos que sin cansancio me lanzaba, un día y otro también, acerca del pueblo en las montañas asturianas en el que se crió, la Guerra Civil o sus treinta años en México, siempre vívidos y exactos –como que habían hibernado todo aquel tiempo en su prodigiosa memoria de elefante.
Y sobre todo me vengaba retratándolo. ¿Cuántas veces lo hice? Por ahora no hay manera de saberlo. Habría que reunir los archivos que tengo desperdigados con fotos suyas y aun así la cosa quedaría incompleta porque le hice algunas también en las ocasiones en las que no lo estaba fotografiando específicamente a él. Lo que puedo decir es que de todas las imágenes suyas que conservo, las que prefiero son las que le hice sin que diera cuenta.
Mi Nikon carecía de pantalla giratoria así que algunas de esas fotos fueron conseguidas apuntando sin ver, colocando la cámara, que no dejaba de sostener en la mano, a la distancia que me parecía la adecuada y disparando entonces, tratando de que la casualidad, mal ayudada por mis cálculos descabalados, hiciera lo que no podía hacer en persona.
Este post está ilustrado con una muestra de algunas de las imágenes de mi inolvidable tío Florentino, que rescato en un par de consultas apresuradas a mis archivos fotográficos de los años que viví en Asturias.

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Todas las fotos que conforman esta entrega fueron tomadas en El Carmen, en Puertas de Cabrales, Asturias, entre 2003 y 2006. La segunda, en la que aparezco con Florentino, la tomó casi seguramente mi primo Félix. La que reproduzco al lado de estas líneas me la regaló mi abuela para mostrarme cómo había sido su hermano de joven.

Más sobre Florentino en este blog:
Árbol genealógico, http://bit.ly/KOKiw8 
Autógrafos remotos, http://bit.ly/PvKjd9
Retratos asturianos, http://bit.ly/1l76xRa
Ocios de 1946, http://bit.ly/1gQcF2R
En la boda de Lola y Félix, http://bit.ly/1hwQqwn

Asturias en Siglo en la brisa:
Alfonso Camín en el Campo San Francisco,http://bit.ly/IRN4qV
La calle Paraíso, http://bit.ly/rRi3Cu
El texu de Bermiego, http://bit.ly/Uzvdol

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