domingo, 1 de diciembre de 2013

Entrevista a Federico Álvarez (fragmento)


Este post recoge una parte de la entrevista que hice por escrito al editor y maestro universitario Federico Álvarez (San Sebastián, 1927) a propósito de la publicación del primer volumen de sus memorias, editado por la Dirección General de Publicaciones de Conaculta. La entrevista completa puede leerse en el número de octubre de 2013 de la revista Este País. El link, al calce.

A mediados de los años ochenta me inscribí en el curso de Teoría Literaria de la carrera de Letras Hispánicas que por semestre y horario me correspondía. La clase resultó un fracaso. La maestra, hija de un famoso músico y mujer de un importante personaje universitario, insistió en reducir la amplísima bibliografía a un único librito de un solo autor estructuralista, al que acudiríamos a lo largo del semestre casi como si fuera una Biblia. Por desgracia, sus múltiples compromisos la obligaron a faltar una semana sí y otra también. Su adjunto, un primerizo sin personalidad ni ideas propias, fue incapaz de dar rumbo al proyecto, lo que hizo que las clases resultaran invariablemente soporíferas y estériles. Acabé abandonando. 
Al siguiente semestre indagué con quién más podía tomarse esa materia y la única opción resultó ser un profesor español llamado Federico Álvarez Arregui que daba la clase en el horario vespertino a la peor hora posible, de las seis de la tarde a las ocho de la noche del viernes. Si yo llevaba algún escepticismo, como sin duda lo llevaba, se disipó a los pocos minutos de escucharlo: Federico, que para entonces iba de camino a los sesenta años, era todo lo contrario de la profesora del horario matutino y el apellido impresionante. Desde el primer viernes que estuve en su clase admiré a aquel hombre carismático que explicaba los conceptos más arduos con perfecta claridad. Quizás todo se debiera a su procedencia: para muchos de nosotros fue el único maestro del exilio español al que conocimos, o por lo menos el que nos dejó una huella más duradera, y me parece que su españolidad era fundamental en su estilo de enseñanza: el calor de la expresión hablada, la vehemencia alegre que ponía en sus argumentaciones y la sabrosura de su recursos expositivos, ricamente salpicados de citas, anécdotas y curiosidades. Federico Álvarez era generoso, entusiasta y afable. 
Por si fuera poco, tenía un par de virtudes sumamente valiosas en el ambiente universitario: si por un lado practicaba una suerte de sentido común lleno de flexibilidad, por el otro, a pesar de que sus apasionadas ideas políticas estaban claras, no era de los que las colocaban por encima de todas las cosas (me viene a la cabeza una pobre señora que vivía atragantada por la sola existencia de Octavio Paz). No hubo una sola vez, o no al menos que yo me acuerde, que Federico, que nunca faltó a una clase, las antepusiera a sus experiencias literarias o musicales, y no recuerdo que haya manifestado ninguna postura cerrada o dogmática. Conforme caía la noche del viernes sobre Ciudad Universitaria, cuando la sensación del fin de semana iba minando la atmósfera en la que flotaban los alumnos más rezagados, Federico desplegaba su discurso luminoso y bellamente expresado. Casi treinta años más tarde, apenas me enteré de la aparición del primer volumen de sus memorias, conseguí un ejemplar y lo leí con gran interés. 
El libro, llamado Una vida. Infancia y juventud, se refiere a sus años en San Sebastián, ciudad donde nació en 1927, y los primeros de su juventud en La Habana, hasta su llegada a México en 1947. La naturaleza de su escritura más personal me ha hecho sentir que estoy nuevamente delante de él, en su clase: el Federico Álvarez octogenario que evoca el pasado es el mismo al que muchos de nosotros recordamos con admiración y gratitud. El día mismo que lo entrevisté en la radio le propuse este cuestionario sobre los temas de su libro y él accedió a responderlo.

La felicidad ocurre casi siempre en el olvido
Entrevista con Federico Álvarez (fragmento)
Por FF
Me parece que decimos tantas veces que la tradición literaria en nuestra lengua es escasamente memorialista y poco dada a la literatura autobiográfica, que me entra la duda de si no estaremos diciendo un falso lugar común. ¿Es verdad o deberíamos de replantearnos la idea?
Creo que debemos replanteárnosla. La literatura autobiográfica tal vez sea en nuestros países un fenómeno decimonónico, burgués. En España, desde santa Teresa y Torres Villarroel hasta Jovellanos, Blanco White, Mesonero Romanos, Alarcón y los noventaiochistas hay tal vez un vacío que luego ya no vuelve a producirse. Los del 98 fueron muy memorialistas. 
Las Memorias de Pío Baroja [en la foto], una vez empezadas, no pueden ya dejarse de las manos; Paz en la guerra, de Unamuno es una autobiografía que hace mucho leí con gusto, y Antonio Azorín lo es desde el título mismo. También Blasco Ibáñez escribió muchas páginas de memorias (La vuelta al mundo de un novelista, por ejemplo). La Segunda República, la guerra española, la posguerra y el exilio nos han dejado una cauda interminable de libros autobiográficos: desde Corpus Barga, José Gaos, Gil-Albert y Rafael Alberti hasta Elena Soriano, Beatriz Gopegui y Soledad Puértolas pasando por Rosa Chacel, Salazar Chapela, Ana María Matute, Carlos Barral, y un etcétera que no termina en nuestros días. En América Latina, la tradición memorialística es tal vez mayor. Concolorcorvo es ya un memorial autobiográfico, y el fabuloso libro de fray Servando, en el XIX, inicia una serie rica de vidas narradas: la Avellaneda, Sarmiento, Lastarria, Guillermo Prieto, Hostos, Darío, Martí, Miguel Cané, Sanín Cano, Vasconcelos, Azuela, Felisberto Hernández, Cintio Vitier, Cardoza y Aragón, hasta nuestras Rosario Castellanos (Balún Canán), Elena Poniatowska (Lilus Kikus) y las muy breves que encargó Emanuel Carballo a García Ponce, Juan Vicente Melo, y otras que ahora no recuerdo, y la del propio Emanuel Carballo, Diario Público. En Brasil Graciliano Ramos, Jorge Amado, Lins do Rego (El niño del ingenio, bello libro), otra cauda larguísima. Habría que estudiar (tal vez ya se haya hecho) toda esa balumba riquísima.  

Es llamativa la precisión con la que recuerdas tantos detalles de tu infancia, cuando ha transcurrido tanto tiempo, en algunos casos hasta ochenta años. Y sin embargo, creo que más que personas que tengan tan buena memoria, hay quienes repasan y repasan las cosas, que están siempre —digamos— rumiándolas y por eso no las olvidan. ¿Siempre fuiste, como me parece, una persona memoriosa?
Sí, siempre he tenido buena memoria. La tan vituperada educación “memorística” me dejó esa valiosa herencia. Por eso soy un enemigo jurado de la plastilina y de las crayolas en la educación primaria. Ya he dicho que la vejez ayuda además milagrosamente al recuerdo. Es cosa sabida: el abuelo se acuerda de los tiempos de Maricastañas pero olvida dónde dejó las gafas que lleva puestas. Ya en la realidad concreta de la escritura, un recuerdo te lleva a lo que ocurrió poco antes y a lo que ocurrió poco después, y así vas hilando una corriente de vida casi escénica. Se dice que recuerdas sólo lo que quieres recordar. Es completamente falso. Recordar es llorar. ¿Quién lo dijo? Recordar es pocas veces una experiencia gozosa; la felicidad ocurre casi siempre en el olvido. Todos los que escribimos sabemos que escribir (y más si escribes tus recuerdos) es una tarea angustiosa. 
(Ahora recuerdo, es Larra quien lo dijo, ¿no?, “escribir es llorar”; se refería a escribir en España, claro.) Leer es la ocupación gozosa, precisamente porque es un trance asombroso en el que te olvidas de ti mismo al quedar atado, fuera de tu tiempo y de tu espacio, a vidas y pensamientos ajenos. Como cuando “paseas” embobado por el Louvre o el Prado, o sentado en un concierto. ¿Acaso recuerdas algo de tu vida oyendo a Bach o a Brahms o a Mahler en el más callado rincón de tu casa o en una sala de conciertos en la que estás “solo”? Es un puro y feliz asalto de lo ajeno.

Uno de los momentos más dramáticos de tu infancia es tu visita a Gernika a unos pocos meses de la destrucción del pequeño poblado y la matanza de más de mil quinientas personas, mujeres, niños y ancianos, y a donde te llevaron, aunque parezca increíble, en una excursión escolar. ¿Qué es lo que más te impresionó de lo que viste?
Extraña “excursión escolar”, sí. Al cabo del tiempo he llegado a creer que en los marianistas de San Sebastián (o, al menos, en buena parte de ellos) hubo el deseo, acaso de origen católico “nacionalista”, de hacernos ver lo que Franco, los aviones alemanes, habían hecho con la ciudad simbólica de las tradiciones vascas. Sabíamos lo que era la guerra: uniformes, soldados heridos, bombardeos, moros, muertos tirados junto a un socavón, desfiles, noticias susurradas, cárceles, fusilamientos...  
Pero no sabíamos lo que era el horror desnudo, ¿entiendes? Recuerda que tal vez el odio mayor de Franco era hacia los nacionalismos separatistas vasco, catalán y gallego: “¡Prefiero una España roja a una España rota!”, dicen que dijo. Recuerda también que hizo fusilar a 16 sacerdotes vascos y encarceló a muchos, entre ellos a mi confesor en la iglesia de San Vicente. Ya no estoy seguro de mis recuerdos de aquella “excursión”. Hemos visto tantas fotografías y películas de ciudades bombardeadas en la Segunda guerra mundial, que aquellas paredes altas que no se sabe cómo se tenían en pie, con una ventana abierta a ninguna parte y un cuadro colgado y torcido, entre vigas calcinadas, montones de ladrillos ennegrecidos y cascotes por todas partes, no sé si son de Gernika o de alguna otra ciudad europea: Coventry, Oradour [en la foto de abajo], Rotterdam...
De lo que sí me acuerdo muy bien es del caminito abierto entre las ruinas para que pudiéramos caminar tropezando, uno detrás de otro, unos cien metros adentro del pueblo, y cómo daba vuelta en otra “calle” y al cabo volvía hacia donde había quedado el autobús.

Escribes que al dejar San Sebastián, de camino a Cuba, pensaste que dejabas la patria pero que tardaste treinta años en saber que no hay más patria que la infancia. ¿A qué te refieres? Y ¿en qué momento te diste cuenta de eso?
Fue cuando, tras la euforia engañosa de la “transición”, acabaron ganando –si es que alguna vez perdieron– los franquistas de nuevo; es decir, la vieja derecha española fascista de siempre. “España es ansí”, es una novela de Baroja. No lo sabía bien. Ni los socialistas pudieron nada contra ella. Teníamos una ilusión –la República democrática, moderna-- que no se cumplió. 
Toda España estaba y sigue estando emblematizada en el rey, el himno real, la bandera franquista, Franco en el Valle de los Caídos como en un sagrario, y los cadáveres de tantos asesinados por el franquismo perdidos en sus tumbas anónimas. Era mucho aguante cotidiano, ¿no te parece? Si aquello era España, no era la nuestra desde luego. Y nos volvimos a México. Pero fui antes a San Sebastián, y allí descubrí de repente, como decía Eduardo Chillida, “la casa del padre”, que es justamente lo que quiere decir “patria”. Y en mi propia vida, ¿qué otra cosa más que la infancia es “la casa del padre”? La infancia acaba siendo un lugar.

¿Cuáles son, para ti, los mejores libros sobre la guerra civil? Todo el mundo sabe que la bibliografía sobre el tema es muy impresionante, como la dedicada a la Segunda guerra mundial, pero quizás puedas recomendarme tres o cuatro y decirme brevemente la razón de por qué son tan buenos.
Si quieres un libro bien documentado que presume de objetivo a la manera inglesa pero que es sin duda partidario de la República (conocí al autor y hablé con él) lee La guerra civil española de Hugh Thomas. Un buen libro, acaso un poco periodístico, escrito sobre los acontecimientos vividos con emoción antifascista, es La guerra de España del socialista italiano Pietro Nenni. Su compatriota comunista Palmiro Togliatti, escribió también un libro muy cercano a los hechos pero con una conciencia política que le permitió ver la guerra con una inteligencia sobria y muchas veces lúcida. 
La versión trostquista de la guerra, Guerra y revolución en España, la escribieron con talento los autores franceses Broué y Témime, editada en dos tomos por el Fondo de Cultura Económica. La versión anarquista es la de Gerald Brennan, un hombre que amaba a España y cuyo bello libro, El laberinto español, se lee con gusto. El libro de Dolores Ibarruri, El único camino, es un bello libro autobiográfico que, desde la infancia, refleja la versión comunista de la guerra con aquella pasión, ya contenida, que hizo famosa a Pasionaria. Tal vez el libro que más me satisfizo cuando lo leí es el tercer tomo de la Historia de España de Ramos Oliveira sobre la República y la guerra, lleno de calor y precisión política. 
Pero los mejores libros sobre la guerra española son los escritos por el general Vicente Rojo, Alerta los pueblos y España heroica, y el del coronel Manuel Tagüeña, Testimonio de dos guerras. Claro que estoy seguro de que olvido alguna obra importante. Siempre pasa así.

Me conmueve el final de tu padre, que después de muchos años en el exilio, en Cuba primero y luego en México, vuelve a España en 1970, a San Sebastián, pierde sus bienes y regresa a México a morir. También me conmueve la contención con que lo cuentas. ¿Qué significa ese ir y venir, y sobre todo ese no poder acabar de volver que con frecuencia esconde el exilio?
Recuerdo con mucha frecuencia a mi padre. Tengo ahora la edad en la que él murió. Comprendo cómo, en sus últimos años, su alegría de vernos escondía una amargura (el exilio de nuevo y la muerte de nuestra madre) que sólo su permanente fe en unas ideas derrotadas y su enorme bondad le permitían sobrellevar. 
Pero él no podía dejar de ser vasco y recordaba a su patria vasca a cada instante. ¡Qué extraña manera apacible de vivir con aquella amargura en el exilio para siempre! Nunca volvió. Nosotros sí, pero, como decía Max Aub, mi suegro, no volvíamos, lo que hacíamos era ir; a donde volvíamos era a México.

Una vida. Infancia y juventud. Federico Álvarez. Colección Memorias Mexicanas, DGP, Conaculta, México, 2013.
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Ernest Hemingway visitando a Pío Baroja en el que sería su lecho de muerte. 
El retrato que abre esta entrega es de Javier Narváez. La imagen en la que aparece Federico Álvarez con Luis Villoro y Adolfo Sánchez Vázquez pertenece al archivo de La Jornada, que la publicó el 9 de julio de 2011, según se lee en http://bit.ly/16eXMBA. Cintia Calderón, ayudante de producción de La Feria Carrusel de Libros, tomó con mi propio teléfono la foto en la que aparezco con Federico Álvarez el 2 de agosto de este año, día que lo entrevisté en vivo en la cabina de noticias del Instituto Mexicano de la Radio. El resto de las imágenes pertenecen a internet, como la que acompaña esta nota y en la que se ve a Hemingway visitando a Pío Baroja en el que sería su lecho de muerte.

La versión completa de esta entrevista apareció en el número del mes pasado, de octubre de 2013, de la revista Este País, que dirige Malena Mijares. Puede leerse entera en http://estepais.com/site/?p=48803

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