domingo, 14 de abril de 2013

El gomero de la Plaza San Martín


Cuando en junio de 1999, al volver de mi primer viaje a Buenos Aires, me puse a escribir mi “Crónica del centenario” —me refiero al ensamble de reseñas y entrevistas que hice en aquella ciudad para conmemorar los cien años del nacimiento de Borges—, se me ocurrió comparar el lugar de la obra del gran escritor argentino en la literatura hispanoamericana con la rotunda, enraizada y esplendorosa presencia de un árbol de un género que nunca había visto y frente al que pasé un largo rato en fascinada contemplación. 
La ocurrencia vino a cuento porque el notable individuo estaba ubicado en la Plaza San Martín, a sólo unos metros del domicilio en el que Borges pasó la mitad de su larga vida, y que no abandonó sino unas semanas antes de su viaje definitivo a Ginebra en donde murió en junio de 1986. Desde las ventanas de su departamento en el sexto piso del número 994 de la calle de Maipú deben haberse visto las copas de los ejemplares más altos de la plaza, entre las que es muy probable que estuviera la de ese árbol extraordinario. 
Instantánea e intuitiva primero, la equivalencia se reforzó en mi mente cuando evoqué las características de aquel ejemplar, útiles para describir la preponderancia del lugar de Borges en nuestra literatura: la fuerza con que surgían horizontalmente sus ramas, al grado de parecer gruesos troncos independientes injertados en el cuerpo principal; la distancia que alcanzaban algunos de sus larguísimos brotes, proyectados con una fuerza y un dinamismo que parecían más animales que vegetales; las estructuras colocadas debajo de algunas de ellas para sostener su pesado e incontenible despliegue; las reapariciones de sus raíces en el suelo a varios metros de distancia del tronco principal y lo profuso, brillante e impetuoso de un follaje que se expandía con belleza y libertad incomparables a muchos metros a la redonda. Sin embargo, a la hora de referirme por escrito al árbol me encontré con que no tenía ni idea a qué género pertenecía. Una vez que un par de fuentes me aseguraron que se trataba de un gomero, me referí de esa manera a aquel ejemplar que siempre quise ver nuevamente con mis propios ojos. Por fin la semana pasada pude darme el gusto de hacerlo. 
Quizás por la forma en la que trabaja la memoria, el árbol, del que ahora sé que su nombre científico es Ficus macrophylla y que es originario de Australia, se presentó a mis ojos un tanto disminuido y triste —al contrario, por cierto, de lo que ha sucedido con la importancia de la obra de Borges—, como si el empedrado de la plaza, que antes no existía, o la reja con la que lo aislaron sin duda buscando su protección hubieran acabado por afectarlo (al revés de lo que pasó con un congénere suyo que está en la Recoleta y que me parece que se mantiene en mejor estado). Como sea, comparto con mis lectores las imágenes del gomero tal y como luce hoy mismo en la Plaza San Martín, por la que tantas veces paseó Borges, y en donde, si hacemos caso a la Guía Literaria de Buenos Aires de Álvaro Abós (Grijalbo, Buenos Aires, 2005), está enterrado su gato Beppo.







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Mi "Crónica del centenario de Borges" apareció en el número 75, de agosto de 1999, de la revista Viceversa. Entre otros materiales, reúne entrevistas con César Aira, Ricardo Piglia, María Esther Vázquez y María Kodama.

La foto que acompaña esta nota es de Florencia Molfino.

Más sobre Borges en este blog:
Retrato en los baños de San Ildefonso, http://bit.ly/9aenhb 
Los encantos del sistema decimal, http://bit.ly/11Q3oP7

Lee más sobre árboles sin salir de Siglo en la brisa:
Casas en los árboles, http://bit.ly/10KoKee
Informe sobre la estupidez, http://bit.ly/oSklUj
Guía de árboles de la Ciudad de México, http://bit.ly/bSTUI2  
Mi cuaderno botánico, http://bit.ly/acYY4W

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