lunes, 7 de mayo de 2012

Ocios de 1946

Aunque el libro estaba en la pequeña biblioteca familiar, mi padre manifiesta su sorpresa cuando le hablo del hallazgo que he hecho entre sus páginas: una serie de cinco boletos de entrada a todo género de actividades de ocio en la ciudad asturiana de Gijón durante el otoño de 1946. 
Se trata de una edición argentina de El libro negro, la misma en la que leí por vez primera, hace más de veinte años, a Giovanni Papini. Si es cierto que el volumen estuvo desde siempre en mi casa, sólo lo leí cuando escuché a Arreola hablar con gran entusiasmo sobre el famoso autor de Gog. Lo raro es que no recuerdo que los boletos estuvieran entre sus páginas en el tiempo de mi lectura. Más raro aún es que la edición, que nunca conocí con forros, sea de 1952, lo que cancela la posibilidad de que el libro haya hecho el mismo viaje que su dueño de entonces y que los documentos hubieran estado desde el principio en él. 
Sospecho que algo tiene que ver Florentino en todo esto. El hermano de mi abuela (en la foto de la izquierda, poco antes de su muerte en 2007), que vivió treinta años en México, no perdonaba su paseo de los sábados por La Lagunilla, y creo que el libro pudo venir por ahí. ¿Algún paseo hecho por él y mi padre poco después de su llegada a México, cuando tío y sobrino compartían la recámara que daba a la calle en la casa de Orizaba 74? Mi hermano José María conserva la edición completa de los Episodios Nacionales que compraron juntos en uno de aquellos paseos, y yo tengo algunos ejemplares sueltos de un par de obras de Menéndez Pelayo que llegaron a la casa de esa misma forma.
Con todo, los boletos, que son de un partido de futbol, de la lucha libre y los toros, etc., no van para nada con el carácter particularmente modesto de mi viejo tío abuelo. De ninguna manera lo veo gastando su dinero en su esparcimiento. La actitud de aprovechar cuanta actividad se tiene a la mano me parece más bien revelar la condición de quien está de viaje. Aunque renuncio a saber cuándo llegaron los papeles al libro, esa apreciación y la fecha que aparece en uno de los documentos me permiten al menos aventurar una teoría sobre su origen.
1946 marca un momento significativo en la historia de mi familia paterna: mi abuelo, que en noviembre cumpliría cuarenta años, llevaba más de dos décadas en México y ya tenía cuatro de los seis hijos que acabó teniendo con su prima Fernanda. 
Sé con certeza que ese año decidió regalarse una buena temporada sabática en su Asturias natal. Entonces hizo lo que acostumbraban los emigrantes a los que les sonreía la fortuna: dejó sus asuntos en manos de algún conocido y abandonó México durante más de un año y medio. 
No es imposible que mi abuelo tuviera en mente estudiar las posibilidades de regresar definitivamente a la Península, pero la situación de España a mediados de los años cuarenta, cuando la guerra había acabado hacía no mucho, era todo menos propicia. No sólo porque el aire oliera todavía a sangre y a venganza, lo que me temo que era muy evidente en tierras asturianas, sino porque la economía era francamente precaria. Tengo alguna carta suya de aquel año, fechada ya en Asturias, en la que solicita a alguien en México ya no cosas como su coche —como hizo en cuanto llegó y se dio cuenta de lo caros que estaban los transportes—, sino otras tan básicas como azúcar. A mediados del año siguiente regresó, para siempre desengañado de la idea de volver a establecerse en España.
Así que bien puedo imaginármelo en 1946, dándose gusto en cuanta actividad de recreo pudiera ingeniarse, aunque en el gesto hubiera algo que no estaba tampoco en su carácter: al igual que su primo Florentino, Santos era de espíritu moderado, poco o nada amigo de ocios, nada que estuviera más allá de la esfera de la familia o el trabajo. Es posible, sí, que acudiera a ellas con Florentino, que vivía en la cuidad portuaria, y por eso puedo imaginármelos entrando del brazo al Hípico, a la Plaza de Toros, al Molinón… 
De hecho, la única fecha exacta que reproduce alguno de esos boletos es la del partido de futbol. Ese dato me permitiría, de estar a unas cuadras de la biblioteca del Fontán, como estuve durante el lustro que viví en Oviedo, ir a ver exactamente contra quién jugó el Sporting aquel domingo 13 de octubre de 1946 que aparece consignado en el boleto del partido. ¿Cuál sería el marcador? ¿Hubo alguna incidencia interesante? ¿Quiénes alinearon en el equipo gijonés? Quizás me anime a pedirle a mi primo Felisín, quien en cierto grado padece también la curiosidad por esas nimiedades que los dos heredamos de su abuelo Florentino, si tiene la voluntad y el tiempo de hacerlo, que se acerque un día de estos a la biblioteca Jovellanos a averiguarlo por mí.
Como sea, después del hallazgo, me pareció que el volumen merecía encuadernarse, por lo que lo llevé a un negocio llamado Cervantes, que está a un par de cuadras de mi casa. El hombre que me atiende me cuenta que lleva largos años trabajando en ese local y me habla de sus clientes distinguidos, entre los que de inmediato aparece el nombre de Octavio Paz —quien efectivamente vivía en el barrio, unas calles más hacia el centro—. Una semana después, éste es el libro que reintegro a mi biblioteca, con su tesoro documental bien resguardado en él.

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Más sobre Asturias en este blog:
Alfonso Camín en el Campo San Francisco, http://bit.ly/IRN4qV
La calle Paraíso de Oviedo, http://bit.ly/rRi3Cu

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