domingo, 13 de marzo de 2011

Recados memorables

Entre 1983 y 1995 viví en San Jerónimo, en una pequeña casa en la esquina que hacían las calles de Luis Cabrera y Porfirio Díaz. Mientras la primera era una avenida amplia y de doble sentido, de elegantes curvas y verdes camellones, la segunda era una callecita minúscula, un callejón casi que a los pocos metros, a causa de una subida violenta (y quizás mal calculada) se volvía prácticamente vertical. 
Si la avenida llevaba el nombre de un destacado ideólogo revolucionario, la pequeña calle recordaba a la figura política máxima durante treinta y cinco años en México, el dictador cuyo régimen había antecedido y en buena medida provocado la Revolución: sus diferencias —por más que hicieran esquina, o precisamente por eso— eran una manera satisfactoria de dejar muy claro el resultado de la disputa histórica. Por la callecita, en la planicie anterior a la subida, se entraba a la derecha al conjunto al que pertenecía la casa. 
La nuestra, que era casi idéntica a las otras siete, se reconocía por la imponente bugambilia cuidada por mi padre que no era sino un adelanto del mundo de buen gusto y plantas que había en su interior.
Los doce años que viví en ella son, naturalmente, los de muchas memorias entrañables: lecturas infinitas, Isolda, tres o cuatro amigos, una serie de fiestas de cumpleaños en la época de lluvias… 

Son también los años de las grabaciones de una contestadora telefónica, una Radio Shack modelo Duofone que mi padre compró al poco de cambiarnos y que estuvo largamente en uso. Funcionaba con dos cintas que se insertaban en compartimientos paralelos: mientras en una estaba la grabación que contestaba a nuestro nombre, y que variábamos según temporadas y ocurrencias, en la otra quedaban registrados los recados. 
Como ésta era limitada y de cuando en cuando era necesario borrarla para volver a ponerla en uso, un día me pareció que era una lástima perder algunos mensajes que eran memorables por su peculiaridad, su sentido del humor o hasta su misterio, así que tomé la precaución de trasladarlos a una tercera cinta. Este post recoge algunos de los mejores.

Jose
Como ya he contado en este espacio, la amistad con mi primo fue algo que se decidió quizás antes incluso de que se produjera nuestro nacimiento, cosa que ocurrió con cuatro meses de diferencia, entre febrero y junio de 1964. También conté que en la casa de San Jerónimo nos encerrábamos largamente a fumar, a conversar y oír música. De las tres grabaciones que tengo de su voz, ésta es mi preferida porque tiene la economía y el ritmo de una lograda interpretación radiofónica —lenguaje en el que él acabaría haciéndose experto—. Sin embargo, lo que más me gusta es la alusión con la que remata, inexplicable y cargada de misterio.
La grabación puede oírse en http://bit.ly/hmvXVT

Santos
Cerca del final de su vida, mi abuelo vivió pequeños y grandes despistes. Esta grabación recuerda uno de ellos. Estábamos en una comida un viernes en un jardín en el Pedregal cuando vi que palidecía. Me acerqué al lugar donde explicaba a mi padre y mi abuela que no era capaz de recordar dónde había puesto cierto objeto valioso por lo que necesitaba volver inmediatamente a su casa, en Polanco. Pero era viernes en la tarde: había que atravesar la ciudad en el día y a la hora de más tráfico de la semana. Con todo, me ofrecí a llevarlo yo. Esa noche al volver a casa encontramos este curioso (y, a siete años de su muerte, entrañable) mensaje.
http://bit.ly/fiUAoF

Oralia
De acuerdo con su nombre, aquella mujer originaria de Tapachula que trabajaba en la casa de mi madre, era toda redondez: pequeña y gordita, con ojos como dos canicas, subrayados por unas profundas ojeras. Toda su personalidad se iba en risas y relajos, lo que no parecía convenir a una dolencia cardiaca que no supo o no pudo cuidar y que tristemente acabó llevándola a la tumba poco después de cumplir cuarenta años. Tal como revela este divertido testimonio, en que la falsa percepción de un error la obliga a repetir un mensaje que ya ha transmitido, era un persona colmada de vida y luz.
http://bit.ly/ej3BDT

Fernanda
Como empecé a hacer los traslados en un cassette usado y luego no hice nada por sustituirlo, de cuando en cuando se cuelan fragmentos de su contenido original. En ese caso se trata, si no me equivoco, de la cantante Lolita. La irrupción sirve de prólogo para dejar paso a la voz de mi abuela que lamenta, no sin molestia, que en lugar de que alguno de nosotros le conteste lo haga “ese aparato que tienen ahí”. Al final, como prueba de la perfecta aclimatación de tan inteligente asturiana de México, Fernanda remata con la frase “ni modo”, clave de la filosofía nacional.
http://bit.ly/hvIYlf

Francisco
Un queridísimo amigo de otros tiempos me dejó este mensaje lleno de enojo justificado, cansado de que no le devolviera la llamada. Sólo unos años antes, él fue quien me habló por vez primera de Borges, tal como contaré a detalle la semana entrante. También, con quien hice el primer viaje a Zacatecas para conocer en persona el cielo cruel y la tierra colorada de los poemas de López Velarde. Lamentablemente nuestra amistad se acabó, bien sé que por mi culpa, al grado de que nunca volví a saber de él —y eso a pesar de un par de serios intentos por conocer su paradero.
http://bit.ly/gX6Oph

Alberto
El arquitecto Kalach dejó una misma tarde este par de recados sucesivos por la época en la que yo armaba en su despacho una revista universitaria de literatura. La originalidad y la abstracción, si puedo llamarla así, del resultado, dan cuenta bastante de la personalidad de mi admirado amigo.
http://bit.ly/g0v6ju

El licenciado De la Garza
Hasta el viernes anterior a su muerte, ocurrida un domingo en una calle de Coyoacán cuando cayó fulminando por un infarto, el licenciado Rafael de la Garza fue el abogado de un par de asuntos familiares. En su recado agradece a mi padre haber intercedido por él con un funcionario de Bancomer —que su generación siempre llamó “Banco de Comercio”—. Era un hombre calvo, de piel blanca y considerable corpulencia que al hablar se acariciaba unos estupendos bigotes de morsa. Tal como puede apreciarse en la grabación, su expresión estaba llena de la retórica y las finezas características de una manera de entender el mundo propia de este país.
http://bit.ly/hnedh7

Pili
Diez o doce años menor que yo, mi prima Pili me hablaba de cuando en cuando desde chiquita para consultarme diversos asuntos: ideas para una tarea, el significado de una palabra extraña, el título de un libro. 
Como además ella es ahijada de mi padre, siempre tuvo con él una particular relación de afecto. No puedo escuchar este simpático mensaje sin que se me aparezca en la mente su imagen de esos años: chimuela, con los ojos rasgados y coletas. Su padre, José Luis Fernández Irigoyen, conocido por propios y extraños como Chito, es el adulto recién despertado que en la primera página de Palinodia del rojo celebra la llegada del día con profusión de silbidos y trinos delante de la jaula del canario Henry.
http://bit.ly/gUcJU3

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La selección completa (y aumentada) de recados memorables que conforman esta entrega puede oírse en http://bit.ly/hjVnmP

El retrato del abuelo común es de mi primo, el fotógrafo y editor cinematográfico José Luis Fernández Tolhurst. Más imágenes suyas, en http://bit.ly/dMpJeN

Algunas entradas afines a este post:
Viaje alrededor de mi escritorio, http://bit.ly/dWllU5
Cosas que se van, http://bit.ly/hh6mG9

3 comentarios:

  1. Pues qué se está muriendo , por qué tanta nostalgia ochentera ?

    Saludos.

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  2. Estimado Anónimo: ¿Te parece nostalgia? Yo no lo veo así. Por si el comentario ayuda, no echo de menos aquellos tiempos y mucho menos los cambiaría por el día de hoy. Saludos, FF

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  3. qué bellos recuerdos...deduzco que tu vida está llena de ricas vivencias que atesoras con mimo. Me encantó escuchar ese mexicano tan rico y chisposo.
    Un abrazo

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