lunes, 22 de febrero de 2010

Eduardo Casar: "Escribo como un animal entrenado"




La publicación de Grandes maniobras en miniatura, libro que ganó el Premio Internacional del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz —y en cuya presentación participé el pasado sábado en la Feria de Minería de la UNAM—, me permite acercarme a su autor, Eduardo Casar (México, 1952), y hacerle algunas preguntas sobre su obra poética.


Veo que tiendes, más decididamente que nunca, a la rima como recurso poético. ¿Se trata de una decisión consciente o es una tendencia natural?
Se trata de una decisión consciente: me gustó mucho un librín que leí de Mirta Rosenberg, que se llama El árbol de las palabras, publicado por Bajo la luna. Es una poetisa de Rosario, no castellanos sino argentina, que usa muchas rimas internas y creo que internalicé sus procesos: a mí me gusta mucho leer a mis contemporáneos: son de quienes más aprendo.
¿Cómo te explicas la tendencia a buscar, a menos de palabra, cierta pequeñez: la escala, la miniatura, la parvedad…?
Creo que un poema es una pequeña pieza de orfebrería verbal, por el trabajo de limadura de contornos que uno le hace (cuando lo hace; cuando no, no). Por eso entré a la idea de miniatura. Luego me encontré un articulito de Bachelard que se llama “El mundo como capricho y miniatura”, publicado en Ensayos (de la ed. Amorrortu), donde explica cómo la miniatura nos hace fijarnos más en los detalles, porque está hecha de detalles.
¿Y el que tus poemas se pueblen de dioses, si bien con minúsculas?
A mí Dios y los dioses me caen muy bien porque siempre me imagino el trabajo del carajo que han de haber tenido cuando existían: eso de estar atentos a si un simple mortal de los mil millones que habitan el planeta se echa un pedo en una fiesta y se desplaza rápidamente para que nadie lo culpe, me da ternura. Me da una lástima teñida de una especia de ternura despreciativa la gente que cree en Dios o en los dioses.
¿Cómo se ha dado el resurgimiento tan evidente de la persona y la voz de Julio Cortázar?
Creo que Él se me aparece: para mí, como dice Celorio, la vida fue a.c. y d.c. (antes de Julio Cortázar y después de Julio Cortázar).  Las relaciones que uno guarda con los libros y el lenguaje que es producto de ciertos autores son plenamente afectivas. Nunca he ocultado mi deuda con él y con Rosío [sic] Obregón, quien fue la que me lo presentó. Soy un señor orgulloso de mis raíces. Y ahora cada vez más Julio se me aparece, como que ya nos vamos a encontrar otra vez.
¿Ha cambiado tu manera de usar el sentido del humor como herramienta poética?
Lo que pasa es que yo no busco tener sentido del humor o demostrarlo, pero la oscilación del significado de las palabras siempre me da como cosquillas.
¿Estás en una etapa más creativa que otras anteriores, o sólo es que estás publicando tus textos con mayor facilidad? Si es así, ¿a qué se debe eso?
La verdad es que, aunque suene mamón, me siento muy dueño de mis capacidades expresivas. Lo de publicar es otra cosa: te diré que casi no he hecho esfuerzos para publicar: la amistad, básicamente, es la que me ha llevado a eso.
¿Cuál fue la idea que guió en la selección de los poemas que aparecen en tu Ontología personal
Los poemas de la Ontología personal, que se publicó por Conaculta cuando tú fuiste el Director de Publicaciones, fueron seleccionados con un único criterio: poner ahí los poemas de mis distintos librines que siempre suelo leer cuando leo en público en voz alta: son lo que Eraclio Zepeda (mi maestro) llama "poemas palenqueros".
¿Qué te une y qué te separa de otros poetas de tu generación?
Debo confesar que nunca lo he pensado: yo no escribo como Langagne ni como Quirarte (a quienes admiro) ni ellos como yo: a lo mejor eso es nuestra generación.
¿Qué tanto ha influido en tu obra poética el pensamiento de Paul Ricoeur, a quien has dedicado recientemente tu tesis de doctorado?
Es curioso, pero nunca he “aplicado” nada de lo que sé de teoría literaria (a la que me he dedicado desde 1971) a mi propia creación literaria. Escribo simplemente como un animal entrenado.

¿Quién es José, a quien dedicas tu poema sobre el perro?
“José” es exactamente mi perro. Se llama José Velasco Casar, porque en perros siempre llevan primero el apellido de la madre.





Grandes maniobras en miniatura, de Eduardo Casar. Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Serie Letras, Poesía. Gobierno del Estado de México. Toluca, 2009.

Las fotos de Casar y José, son mías; la de Cortázar es de Mario Muchnik (gracias a Yaiza Santos por el dato) y la tomé de: http://www.revistacriterio.com.ar/bloginst/wp-content/uploads/2009/03/cortazar.jpg

Macedonio viene a cuento

Macedonio viene a cuento porque no voy a dar el anunciado curso sobre López Velarde. Y es que la mañana del lunes pasado, día programado para la primera sesión, me comunicaron que se habían inscrito ¡tres alumnos! Conforme a sus razonables procedimientos, la Universidad del Claustro de Sor Juana ha decidido que no se imparta. Me explico el desinterés de la comunidad estudiantil menos por la vigencia de la poesía del jerezano que por desconfianza en tan discutible expositor. ¿Falló mi propuesta de hacer más un curso que un taller de escritura con la vida y la obra de López Velarde? ¿O será de plano que en la “tiranía” de la narrativa que padecemos, que acapara la atención de gran parte de los lectores, la poesía tiene pocas posibilidades?
Varias veces Borges contó que cuando se estaba en presencia de Macedonio Fernández, el poeta argentino nacido en 1874, se decían cosas como si fueran… del propio Macedonio. Al parecer era un tipo peculiar y su obra no lo es menos. Aun así, el propio Georgie pensaba que lo mejor de aquel hombre eran sus anécdotas, al grado de que habló por ahí —no sé si el proyecto llegó a concretarse— de hacer un libro con ellas. Por lo visto, cuando estaba uno con él se tenían razonamientos y ocurrencias sugeridas por su presencia, en su exacto tono de humor. (Hace tiempo percibí que algo semejante me pasa con Eduardo Casar, a quien acabo de entrevistar vía meil para Siglo en la brisa a propósito de su nuevo libro). En una ocasión, con Macedonio delante, alguien dijo que habían acudido a una conferencia que estaba tan vacía que si alguien más hubiera faltado ¡no habría cabido! Exactamente lo que me acaba de suceder.
Lo afortunado del asunto es que me permite copiar un poema suyo que me gusta, lo que hago de la antología de José Olivio Jiménez publicada por Alianza Editorial (quinta edición, 1979). Se llama “Creía yo” y apareció en Poemas, en el año 1953. Me parece un buen ejemplo de la combinación, que tanto me interesa, entre recursos modernos y barrocos: una suerte de conceptismo liberado de los rigores formales del Siglo de Oro. El trabamiento rimado de la parte central del poema, que alguien puede considerar torpe, funciona como preparatorio de la última línea: nos entretiene unos segundos sólo para lanzarnos al logrado verso final. Nótese que éste no es concesivo: el segundo hemistiquio (“Amor a Muerte”) es más corto que el primero, lo que le da una cierta sequedad que casa bien con el género de razonamiento expuesto en el poema.

No a todo alcanza Amor, pues que no puedo
romper el gajo con que muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a vida; Amor a Muerte.


(Mis poemas preferidos, 5)

La foto de Macedonio la tomé de: http://todoloquepasaconviene.blogspot.com/2008_08_01_archive.html

lunes, 15 de febrero de 2010

El arroz Covadonga

Una y otra vez escuché a mi abuela contar que cuando llegó a vivir a México, recién casada, no sabía hacer casi nada y que fue una señora de nombre Genoveva quien le enseñó a hacer arroz. Era poco más que una adolescente. Muy pronto, llevó ese arroz, que todo el mundo conocía como su arroz, a su estado más perfecto.
Lo preparaba los lunes. Los otros días hacía papas con col o macarrones con atún o cocido, y hasta una receta que originalmente se prepara con pixín según la ofrece un restaurante de Gijón —aunque era necesario hacerla con merluza, que en México sí se consigue—, pero todos estaban de acuerdo en que su especialidad era ese arroz que nadie consideraba una exageración describir como una maravilla.
Una tarde, mi abuela descubrió en un supermercado mexicano un arroz llamado Covadonga, en cuya caja aparece la imagen de "La Santina" —como afectuosamente llaman los asturianos a su Virgen—. Imagínese su alborozo. De inmediato, sin ninguna duda, se cambió a esa marca. ¿Cómo si no? Mis abuelos se habían casado en la mismísima Cueva de Covadonga, y a partir de entonces, siempre, en una y otra casa (desde el segundo piso de Manuel Payno y Bolívar donde vivieron cuando llegaron de España, hasta su último departamento, en la calle de Hegel), la imagen de la Virgen ocupó un lugar de privilegio, atestiguando desde una suerte de centro gravitacional casi físico todos y cada uno de los actos de siete décadas de nuestra familia fuera de Asturias.
A partir de 1960, cuando nació el mayor de mis primos, mi abuela fue colocando en el marco de esa imagen las fotos de sus nietos y sus bisnietos. Por supuesto, entre ellas estaban las de mi hermana y mi sobrina que se llaman Covadonga. Sólo dos personas ajenas a ese grado de parentesco consiguieron ser incluidas: el Papa, digamos que por derecho propio, y mi tío Pepe Luis, cuando se fue a vivir a Australia. Cambiarse a ese arroz era no sólo lo correcto: era una oportunidad de manifestar una fidelidad, por pequeña que pareciera. Era un imperativo parecido a una señal del cielo.
Un día, sin embargo, llegué a visitarla y mi abuela me dijo con verdadera lástima que no iba a volver a comprar el arroz Covadonga. “¿Por qué dices eso?”, le pregunté, de veras sorprendido. “Sí, ya no vuelvo a comprarlo”, insistió. Y yo: “Pero qué pasa, ¿ya no te gusta?”. Me tomó de la mano, me llevó a la cocina y me dijo, mientras abría un cajón que estaba lleno de unos montones de cartones redondos, mal recortados, agrupados quizás en treintenas, en ligas de plástico: “¿O qué quieres que haga?”. Y añadió de inmediato, con su sonrisa más caritativa y hermosa: “¿Cómo voy a tirar a la Virgen a la basura?”
Entonces comprendí. A lo largo de ese tiempo, con aquellas tijeras viejas que ya le conocía —prácticamente inservibles, más pequeñas que sus dedos mínimos—, mi abuela se había empeñado en recortar las imágenes de la Santina para tirar a la basura los paquetes vacíos del arroz sin ellas.


Publicado en Día Siete.

sábado, 13 de febrero de 2010

El terceto más vertiginoso de la poesía española


¿Qué es nuestra vida más que un breve día,
do apenas sale el sol, cuando se pierde
en las tinieblas de la noche fría?

Leo y releo y vuelvo a releer este terceto, el más repentino y vertiginoso de toda la poesía española, y me sigo maravillando. La existencia del hombre, desde su nacimiento hasta su muerte, contada con la mayor economía posible. En su lectura ni siquiera cabe el suspiro en que se va la vida. Es de Andrés Fernández de Andrada, y pertenece al célebre "clásico sin ocasos" del barroco sevillano, la Epístola moral a Fabio.
(Mis poemas preferidos, 4)

jueves, 11 de febrero de 2010

Sobre el origen de Piedra de Sol: una confesión

Por Claudio Isaac
Al calor de las sesiones en las que íbamos definiendo el contenido del documental que terminaría titulándose “El lenguaje de los árboles”, surgieron revelaciones de parte de Octavio Paz, cuyo carácter era bastante recóndito. Yo ignoro porqué me confió él esto a mí, en lugar de decírselo a alguno de sus herederos naturales, sus colaboradores en Vuelta, sus verdaderos amigos cercanos. Sea como fuere, en una ocasión, tras revisar pasajes de El arco y la lira, empezamos a hablar de las distintas formas de nacer del poema, desde el experimento preconcebido, como en su propio Blanco, hasta el dictado febril de una voz interna, como en las Odas de Pessoa, o las palabras acarreadas por el viento, azotando los muros del castillo de Duino, escuchadas por Rilke, o los versos de la Rima del viejo marino, soñadas Coleridge con la exactitud de los patrones métricos.
En contraste con el génesis de Blanco, de pronto Octavio mencionó Piedra de sol. Se hizo un silencio prolongado, como si, queriéndolo o no, hubiese hecho una invocación grave. El momento se cargó de una densidad que intuí como preparatoria de una especie de declaración íntima.
Tomó una cadencia reposada, de introspección. Con un dolor que me pareció añejo pero no por completo apagado, Octavio me contó que en los años cincuenta, en Nueva York, había tenido una ruptura amorosa terrible.
Tras narrarme una escena verdaderamente desgarrada que no detallaré por lealtad a su propio pudor, suspiró y dejó que transcurriera una pausa, alzando las cejas y cerrando los ojos un instante. Luego concluyó:
—Salí solo del hotel, consternado, y abordé un taxi. Me sumí en el asiento trasero y quedé mudo. Conforme avanzamos por las avenidas vacías, me fue penetrando poco a poco un único sonido cíclico: era el chirrido de una llanta del yellow cab, un chirrido recurrente. Marcadas por esa misma cadencia, fueron surgiendo en mi mente aturdida las palabras:
         un sauce de cristal, un chopo de agua,
         un alto surtidor que el viento arquea,
         un árbol bien plantado mas danzante…

lunes, 8 de febrero de 2010

El viaje definitivo. (Dos poemas de Juan Ramón Jiménez)

Me parece que tiene uno de los arranques más hermosos de la poesía española del siglo XX,
El olor de una flor nos hace dueños,
por un instante, del destino
y sin embargo, pasados los años, encuentro que el poema me gusta menos, se diluye en tanto se despliega, apuesta por una suerte de “razonamiento” que me ha dejado de convencer. Sospecho que su maravilloso fluir, debido a la maestría en el uso de la métrica tradicional, me atrapaba por encima de lo que el poema decía—enfermedad muy propia de mis tiempos de estudiante…—.
A mediados de los años ochenta, poco antes de hacer algunos descubrimientos que modificaron mis gustos literarios, tenía decidido el tema de mi tesis de licenciatura. Aquel viejo proyecto, del que conservo todas las notas, quizás funcionaría el día de hoy: escribir una guía de lectura de una colección de poemas de Juan Ramón Jiménez. 
¿Por qué escogí Belleza —publicado en 1923— cuyo título ya entonces me resultaba tan discutible? No lo recuerdo. ¿Porque era el que tenía más a mano? ¿Porque se trata de una antología que reúne poemas seleccionados por el propio autor?Según tengo escrito en un esbozo de prólogo, me parecía que algunas zonas de la obra del poeta de Huelva se habían oscurecido con el paso del tiempo. El plan era, pues, hacer un análisis poema a poema de ese libro para conocer las razones que lo hacían menos convincente para un lector contemporáneo —digamos, yo. 
No sólo tenía decidido el tema y los procedimientos para desarrollar aquella tesis: en buena medida, la tenía escrita: de los 127 textos que conforman el volumen, llegué a analizar, si se quiere de manera incompleta y provisoria, más de una centena. En el camino, de pronto algo sucedió… y aquel trabajo quedó inconcluso.
Como había empezado a asistir a clases sin estar propiamente inscrito, por aquellos días me dedicaba a convalidar con exámenes extraordinarios las materias que ya había cursado. Por eso entre las páginas de mi ejemplar de Belleza no es raro que aparezca el recibo de un examen de una materia de los primeros años —lo que confirma que si bien estuve un tiempo anclado burocráticamente en los semestres iniciales, tuve desde muy pronto los ojos puestos en los últimos. 




En el libro, que está lleno de anotaciones mías, hay algunos poemas que me siguen pareciendo afortunados. Aquí, un botón de muestra:
Mi pena, con tu compasión,
me parece una acacia
amarilla, con luna.

Con su generosa disposición espacial y mi letra inmensa de entonces, mis ingenuos y entusiastas comentarios a aquellos poemas me recuerdan lo mucho que aprendí reflexionando en silencio y por mi cuenta sobre los procedimientos de aquel escritor al que sigo considerando crucial para mi manera de entender la poesía. 
¿Cómo explicarlo? En la misma medida que el fenómeno del habla cotidiana y algunos aspectos del modernismo o el barroco, nada me ha interesado más que el tratamiento del verso limpio, aireado y lleno de luz que tanto admiré en Juan Ramón.
Del poema del bellísimo arranque, que se llama “Amor” y ocupa el número 76 del volumen, tengo menos escrito de lo que hubiera pensado. Y aunque de aquella no lo habría podido siquiera aventurar, ahora me gusta decirme que la idea del aroma de una flor relacionada con la revelación del destino, y la equiparación de todo eso con el amor, debe provenir de alguna fuente clásica —que por supuesto desconozco—. En la nota correspondiente, en cambio, además de manifestar con juicios taxativos propios de un lector veinteañero lo perfecto que me parecía el poema, apunto lo obvio: “Reinamos, por un momento, sobre nuestras vidas cuando olemos una flor o amamos. Somos dueños del destino. El poeta enumera esos instantes:
El sol del cielo azul que, por la tarde,
la puerta que se entreabre deja entrar;
el presentir una alegría justa;
un pájaro que viene a la ventana;
un momento del algo inesperado…”.

Sin embargo, creo que la fuerza del poema acaba perdiéndose entre recursos menos afortunados. Ahora disfruto menos dejarme conducir por los característicos vericuetos del estilo juanramoniano de principios de los años veinte:
No hay en la soledad ni en el silencio
más que nosotros tres:
—visita, hombre, misterio—.
                                                El tiempo y los recuerdos
no son nudos de atajos,
sino de luz y aire. Andamos sonriendo
sobre el tranquilo mar. La casa es dulce,
bellas sus vistas…

El final, que reconecta con el arranque y lo culmina —a pesar de que la elección del calificativo le reste contundencia—, no está mal:
                     Y, un instante,
reinamos ¡pobres! sobre nuestra vida.

Así que este poema, lo siento, no es uno de mis preferidos, sino el que aparece más abajo, por lo que si alguien se queja de que lo he traído de manera tortuosa hasta este lugar tendrá toda la razón. Lo mismo me ocurrió a mí. Cuando hacia 1986 estudiaba letras hispánicas y hacía mis propias lecturas y mis propios experimentos, este texto —que se llama “El viaje definitivo”, aparece en muchas antologías y representa el momento de la culminación de toda una poética—, me producía cierto desdén: me aburría quizás su serenidad; su aparente llaneza me dejaba frío. Menos mal que la juventud tiene remedio y en eso no hay vuelta atrás: hoy este poema me parece el summum de la poesía equilibrada, fina, honda, del mejor Juan Ramón —al menos del que yo prefiero—. Por una vez hasta le perdonaremos esa jota absurda que se empeñó, con verdadera necedad ibérica, en defender.

…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostáljico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.


El poema está tomado de Nueva antolojía, estudio preliminar y selección de Aurora de Albornoz. Ediciones Península, Barcelona, 1973, y la foto de
http://www.juntadeandalucia.es/averroes/centros-tic/21003165/helvia/bitacora/upload/img/Juan_Ramon_Jimenez.jpg



(Mis poemas preferidos, 3)

jueves, 4 de febrero de 2010

Mónica Quijano sobre Gonzalo Rojas


Por Mónica Quijano
Leo en tu blog la entrada sobre Rojas (de los grandes, en efecto). Totalmente de acuerdo con lo que escribes sobre su poesía e impresionante esa vitalidad que supongo hasta el momento lo sigue manteniendo en pie. Tuve la oportunidad de conocerlo por ahí de mediados de la década de los noventa ¡y hasta pernocté una noche en su casa! Al leerte recordé ese encuentro. Todo comenzó en una lectura que Rojas hiciera, no me acuerdo si en la UNAM o en dónde, justo unos meses antes de mi viaje a Chile. El que entonces era mi novio, un hijo de chilenos quien, como toda persona que se mueve en el mundo del exilio, tenía una red nada despreciable de contactos relacionados con el país sureño, me arrastró literalmente hacia el poeta al final de su lectura, aprovechando que con él iba algún amigo de su padre. No sé qué le dijimos, seguramente puras tonterías perfectamente olvidables, pero en algún momento comentamos nuestra próxima visita a sus terruños. En ese instante, sacó un papel y una pluma y nos dejó su teléfono: llámenme, me encantará que pasen a visitarme a mi casa. Ya te imaginarás que guardamos el papel como si fuera el afortunado cachito premiado de la lotería.
Llegamos una tarde a su casa en Chillán, de regreso de un viaje en aventón que nos llevó hasta Chiloé. Vivía en aquel entonces solo, a pesar de haberse casado no hacía mucho con una mujer mucho más joven que él, en un caserón con un jardín lleno de árboles frutales y una fuente. Nos invitó a cenar, recuerdo bien que me quedé con su apetito. No me acuerdo cuántos años tendría en aquel entonces, pero no era joven. Recuerdo también el menú: un corte de carne grueso y jugoso con verduras al vapor  de acompañamiento. Y por supuesto, vino. Decir que hablamos de muchas cosas sería inexacto, ellos hablaron. Yo estaba muda, totalmente cohibida con el encuentro.
Me queda el recuerdo de un hombre fuerte con un impulso vital impresionante… pero también profundamente solo. Recuerdo que en algún momento habló de su mujer muerta no hacía mucho, y de la “locura” de haberse casado de nuevo alguien que se había marchado pronto. Recuerdo su desprecio por la última mujer de Neruda a quien no bajó de estúpida. Recuerdo que en algún momento jugamos al oráculo: cada quien hacía una pregunta y él buscaba la respuesta abriendo una página al azar en un libro de poemas y eligiendo un verso con los ojos cerrados. Recuerdo su mirada burlona y penetrante de fauno viejo. Recuerdo que me provocaba constantemente para romper mi silencio… Recuerdo que esa noche soñé que éramos un par de cobayas y que la casa de Rojas era un laboratorio en el cual el poeta observaba nuestros movimientos, nos tendía trampas y nos llevaba justo al lugar donde quería tenernos. A la mañana siguiente nos despedimos después de un desayuno eléctrico. No volví a verlo, pero es un poeta al que regreso con frecuencia: por el ritmo de sus versos, por el impulso vital que proyectan. Porque su poesía, como dices, es siempre lúdica, cargada muchas veces de humor y erotismo. Porque se trata de una exhuberancia medida que se apropia de la mejor tradición de nuestra lengua.
Como ves, me encantó tu texto.

En la foto, Rojas con Antonio Gamoneda (derecha). Tomada de Faro Gamoneda (http://farogamoneda.blogsome.com/images/gamo-1.jpg)

lunes, 1 de febrero de 2010

Una cerveza con Gonzalo Rojas


En 1999 fui a Buenos Aires a entrevistar a María Kodama a propósito del centenario de Borges. Me dijeron que en la ciudad había, precisamente por esas fechas, un coloquio internacional sobre el escritor argentino y hasta allá fui, al hotel donde se hospedaban los participantes, invitado por uno de ellos.
Era la hora de la comida. Mi amigo, sentado entre otros escritores en una mesa donde no había sitio, me dijo que me acomodara donde pudiera. Atrás, hacia la puerta por la que había entrado, había una mesa con menos ocupantes. Conforme me acercaba, y me hacían sitio, me di cuenta de que en ella estaba sentado, por una vez sin su gorra de marinero en tierra, nada menos que el poeta Gonzalo Rojas. En cuanto me senté, exactamente enfrente de él, el escritor chileno me alargó una lata de cerveza Quilmes y me invitó a servirme de ella.
Rojas es uno de los grandes poetas latinoamericanos vivos. Su obra resulta fascinante por la gozosa combinación entre largos periodos casi prosísticos y el uso maestro de las acentuaciones tradicionales, y sus mejores poemas son verdaderos alardes rítmicos en los que conviven con claridad deliciosa el ludismo, muchas veces el erotismo y el humor.
Había descubierto todo eso mucho antes de conocerlo en persona aquella tarde en Buenos Aires, la primera vez que me encontré delante de un poema suyo, algunos años atrás, en la revista Vuelta; en aquel texto, Rojas jugaba con la imagen de un clérigo montado en una bicicleta: “De lo que contensció al Arcipreste con la sserrana bicicleta e de las figuras della”. Sólo en ese título —el cual, salvo por la palabra “bicicleta”, dejada caer allí como por azar, con un exquisito tino, está tomado literalmente del Libro de buen amor— hay una exposición de una poética que ha hecho de la mezcla entre la parodia de ciertos usos de la tradición y el habla coloquial contemporánea uno de sus principales atributos.
En el poema, que no es sino el relato de una caída llevada hasta sus últimas consecuencias, las semánticas y las sonoras incluidas, Rojas se mete en la piel misma de las “serranas” características del libro del Arcipreste de Hita. La aventura del religioso acaba en malaventura, como exige el género (paródico, por cierto, y por lo tanto afín desde el principio a Rojas), y tal como sucede a todo aquel que comete la temeridad de atravesar la sierra solitariamente y a deshoras. Entre el título del poema y el poema mismo hay una ruptura que habla del talante de este poeta: mientras aquél está enunciado en pasado, éste lo está ya no digamos en presente ni en indicativo siquiera, sino en modo condicional:

La habría el Arcipreste amado a la bicicleta
con gozo nupcial, la habría en cada cuerda
acariciado

Con un estilo muy suyo, de una enorme eficacia y belleza, en que esdrújulas y agudas se suceden sin un plan predeterminado (y como si quisiera quedarse sólo con los mejores recursos de la poesía tradicional), Rojas nos lleva a recorrer, de un lado al otro, la totalidad de la gama sonora:

         Montado así en arrebato tan desigual como
hubiérala
nadado con arte esquivo haciendo uno
timón y manubrio sin saber por dónde
desembarcar

Frente a nuestros ojos se suceden, con una velocidad cada vez más acelerada y rimas sorprendentes, las más locas imágenes, que no dejan ni por un momento de aludir al amor físico y a la locura que supone intentarlo, que convierten en erótica hasta la carne nula, los alambres y los rayos, el sillín mismo de la bicicleta. En un momento determinado (“alazana como es la imantación de la seda / entre rueda y muslo”), el Arcipreste se cae de ella. La imagen, en el suelo, no es sino la de una boda llevada al paroxismo:

                                             bodas con
extremaunción y alambre, bodas de risa
con misa y otras astucias, ¿quién lo manda
a desear la costilla de su prójimo, a verdear
con cualquier loca por ahí, a
andar viendo mujer en cada escoba
con joroba?

Después, Rojas pregunta: “¿aluminio / donde no hay más que exterminio?”. Y remata, carcajeante: “quería / maja? Bueno, / ahí tiene mortaja.”
La mitad de la cerveza Quilmes, que me serví en una copa enana, de boca ancha, me supo a gloria, y la comida, entre otros participantes del coloquio borgiano, transcurrió con toda serenidad. Exactamente delante de mí, Rojas se dirigía a todos con una perfecta cortesía y aunque comió con bastante apetito no pudo acabarse la enorme milanesa que ofrecía ese día el menú del hotel. Se habló de la Ilíada, de la que citó las primeras líneas de la traducción que conoció en su niñez y a la que se había referido en su conferencia de esa mañana. Alguien le pidió que escribiera esos versos para dárselos en mano a Haroldo de Campos. Su avanzada edad se hacía evidente en el aro gris alrededor de los iris de sus ojos saltones.
Con los cafés, hubo que presentarse. Yo le extendí un ejemplar de Viceversa, el monográfico sobre María Sabina y los hongos alucinógenos, al tiempo que le explicaba: “Sí, señor Rojas, es una revista mexicana, fundada hace más de seis años, y éste es un número especial sobre María Sabina”. Él tomó la revista y empezó a hojearla, mientras decía: “Hombre, sí, cómo no, ¡mi amigo... Sabines!”.
Rojas pasó varias páginas, que veía de arriba para abajo, mientras añadía: “¡Ah, Sabines! Yo leí hace tan poco con él y mire usted que morirse…”, como si en ellas estuviera el corpulento poeta chiapaneco de la poderosa presencia y la mirada firme, quien se mantenía, no mucho antes de morir, fuerte y aun rijoso a pesar de la enfermedad, tal como lo vi aquel mediodía soleado cuando Germán Dehesa me llevó a conocerlo a su casa a un lado del cerro Zacatépetl.
Nada que ver, desde luego, con la imagen de la vieja sacerdotisa de los hongos cuyos retratos —frente a un portón de madera, o atravesando Huautla debajo de la lluvia, o rezando arrodillada frente a un altar— llenaban aquel número de la revista, aquella mujer indígena, pequeñita y descalza, metida en un rebozo oscuro, con la mirada tristísima que era María Sabina.
Al final, Rojas me devolvió la revista, después de mirar, una a una y con aparente interés, la mayoría de las ochenta páginas o más de que constaba aquel número. Al último, ya de pie, confundidos entre los otros, nos despedimos a la puerta del comedor. Inusitadamente bajito, con un grueso portafolio, tocado otra vez como un marinero, Gonzalo Rojas, que se apresuraba porque esa tarde ofrecía una plática sobre Pablo Neruda creo que en el Palais de Glace, me alcanzó a decir algo como: “Hasta la vista. Ah… ¡y saludos a los amigos mexicanos!”.










Publicado en La Jornada Semanal el domingo 18 de enero de 2004.


Lugares de donde provienen las fotos de Rojas que ilustran esta entrada: con corbata roja, Instituto Cervantes de Sao Paulo (http://saopaulo.cervantes.es/FichasCultura/Imagenes/GONZALO-ROJAS-01.gif); con horizonte,  Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (http://www.cervantesvirtual.com/boletines/general/70/rojas_p.jpg); con libro, Letralia (http://www.letralia.com/179/rojas.jpg); y de espaldas, Moleskine literario (http://notasmoleskine.blogspot.com/).